26.7.09

Extracción del agua de la niebla

Noche oscura del alma
(Hieronymus Bosch, 1450-1516)


Voy a romper el hechizo
que me separa como un vidrio
de mis ojos.
No es necesario ver.
Pero yo veo
en las astillas la infancia castigada,
los ojos de un caballo
que murió de no andar.

Érase una vez
y ya no es nada:
reliquias
en un cofre encerradas para siempre.
Pero yo continúo
como un ángel en sus cuitas con Dios
con el amor que llamo Dios
y está dormido.

He recibido un insulto:
analfabeto.
Así han querido pagarme mis cabras.
Pero yo estoy aquí
con mi diluvio
y mis encarnizadas actrices
y mis duelos.

No consagro mis ojos a las brasas.
Y no me aparto de ellas.
Temo al sueño liviano.
Al silencio
que se arropa conmigo cuando duermo.

No es necesario ser así.
Tener razón.
Mentir
para que no se juzgue a la verdad.
Pero vivimos a tientas:
un instante y nos vamos.
Yo desearía un poco más.

Hace frío en este cuarto.
La chimenea huele a polvo viejo.
Entre los libros del anticuario hay una hendija de luz.
Ya ni el temor
es mi enemigo.



Fiesta
(Peter Brueguel, 1525-1569)


Hoy mataron un puerco.
Trozaron
la carne involuntaria
entre risas
y festejados insultos.
Esos hombres poseen
una felicidad muscular.
Y son harto expresivos
en la sangre tintos.
Una mujer ha llegado
con víveres
hasta la prieta cabaña
donde ya acicalados
la esperan entre aplausos.
La mujer sonríe.
Deja
los amorosos recados
sobre la mesa
y se marcha meneándose
para esquivar la inquietud de los ojos.
Los hombres han sabido trabajar
y reciben la comida
con beneplácito.
Todos a un tiempo hablan
se chacotean disputando
las deseadas porciones.
Sus pesados
aunque ágiles brazos
manejan
con destreza el cuchillo.
Corre la vida por las gargantas:
la sangre amada del Señor.



Sombras de pájaros
(Vincent van Gogh, 1853-1890)


Enfermé
por no poder seguir mi movimiento.
Mi madre me miró con la piedad
de sus ojos hechos para el fuego.
Aquí estoy tranquilo.
Pienso en los jardines
que ella cuidaba,
en sus sábanas que huelen a sol.
Hacen así las lavanderas
y lo que queda se lo lleva el río.

Recibo cartas,
alguna bebida que me traen
las enfermeras piadosas.
Bebo viendo a mi madre
tejer tras la ventana.
Afuera hace frío y pinto soles.
Las lavanderas lavan
una luna que cayó en el río.

Mi madre me dio un hermano:
mi sombra necesaria.
Temer y amar es mi destino.
Ordeno mis tijeras
en la mesa de luz
como sombras de pájaros.

Partiré.
Pero tendré que llegar a la partida.
El cielo es un océano con ojos.



Los ojos de la pasión
(Joseph Turner, 1775-1851)


Vuelo sobre vientos.
Soy de una libertad tangible.
Me parió una tormenta
y me destruye como a un barco.

Soy macizo en el mar
como la niebla:
hendido
por el humano rayo de la luz.

Pasión:
cuántos ojos se apagan en tu nombre.

Siento envidia de esa planta
que lleva
sus hojas al calor del sol.
Indiferente a la vida
que a su lado crece
crece
en su propia vida.
Pinto el mar porque tengo
nostalgia de la tierra.

Me parió una tormenta y me destruye
como a un barco.



Mutilaciones
(Frida Kahlo, 1907-1954)

Oh, Paraíso.
Pesadilla de la vigilia.
No soy yo quien te invoca
sino las tímidas
criaturas del placer.
Una boca de pez
en un cuerpo de acróbata.
¿Eso eres?
¿Quién soy?
Madera navegante
podrida por la sal.

Trenzan unas niñas
sus bucles de crepúsculo.
Sus cuerpos apenas
desnudos por la sombra,
dormidos
en su reciente despertar.

Estamos excluidos,
sueño mío. Lo cercano no puede
rozarse con un dedo.

Mi destino es hablar para la fruta.
Pero siento que el agua
se estanca dentro mío.
El aire.
La sangre.

Oh, sueño mío,
resiste.


Aullidos
(Edvard Munch, 1863-1944)

Del otro lado de la calle
se escuchan todavía
los gritos.
Una sirena
le pone música
a la distancia.

Casi todos
los días
lo mismo:
el silencio no para
de sonar.

Pero esos gritos
hoy
y la sirena,
el estilete entrando en la garganta.

No es universo
todavía
mi angustia.
Pero siento ya el campo
sembrado.

21.3.08

Albañiles sin futuro y escritores organizados

Lo que sigue es una carta de lector que envié al diario Perfil para responder a una serie de provocaciones de Rodolfo Enrique Fogwill contra la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA) y sus dirigentes.

En las ediciones de Perfil de los pasados 23 de febrero y 2 de marzo, el escritor Rodolfo Fogwill se despacha contra la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA) y sus directivos. No voy a responder a los insultos personales. Me interesa, en cambio, el verdadero destinatario de esos ataques: el proyecto de ley de pensión para los escritores presentado por la SEA en la Legislatura porteña.
La mayoría de los escritores no asegura su sustento, ni mucho menos su retiro, con su oficio. Sólo logran esa condición los pocos que alcanzan el éxito editorial. El resto debe apelar a otras tareas para sobrevivir, o quedar directamente desempleados. Los escritores tampoco cuentan con los subsidios necesarios para desarrollar sus actividades; mucho menos, la difusión de su trabajo en los medios de comunicación, cuya “política cultural” está regida por el beneficio privado.
La ley que promueve la SEA no puede superar por sí sola esta orientación en la cultura. Pero, al menos, pretende el sostenimiento de los escritores que, en la última etapa de su vida, no han logrado asegurarse beneficios jubilatorios, cobertura médica o ahorros personales.
Fogwill sostiene que los escritores no deben percibir pensión porque no realizaron aportes jubilatorios durante su vida. Pero si un escritor los hubiera realizado… ¡no necesitaría la pensión! Fogwill descarta la pensión apelando al hecho que, precisamente, la justifica. Por lo visto, la intensidad de los insultos es inversamente proporcional a la calidad de los argumentos.
Las razones de Fogwill serán pobres, pero no lo es su propósito. Con su oposición a la pensión, él propone que el destino personal y profesional del escritor quede enteramente librado a las necesidades de la industria editorial. De ese modo, el lucro –y no las necesidades culturales de una sociedad– debería regular, por entero, nuestra tarea.
Afortunadamente, no piensan como él los más de trescientos escritores que, desde las más diversas vertientes estéticas e ideológicas –como Federico Andahazi, Jorge Asís, Jorge Aulicino, Osvaldo Bayer, Diana Bellessi, Abelardo Castillo, Martín Caparrós, Alejandro Dolina, Jorge Leonidas Escudero, Daniel Freidemberg, Luisa Futoransky, Germán García, Juan García Gayo, Juan Gelman, Mempo Giardinelli, Angélica Gorodischer, Noé Jitrik, Alberto Laiseca, Jorge Lanata, Tununa Mercado, María Moreno, Antonio Requeni, Guillermo Saccomanno, Beatriz Sarlo, Juan Sasturain, Héctor Tizón, David Viñas–, aportaron su firma en apoyo al proyecto de la SEA.
En la misma nota de Perfil el detractor se declara maravillado por conocer a un albañil que, “a los setenta años, continúa trabajando”. Parece que lo guía una suerte de furia ultramontana contra toda conquista previsional.
El problema es otro: según ha trascendido, Fogwill está asesorando al Gobierno de la Ciudad en cuestiones de “política cultural”. ¿Sus agresiones a la SEA apuntan a que el proyecto de ley de pensión al escritor permanezca eternamente cajoneado en la Comisión de Cultura de la Legislatura? Los escritores estaremos alertas.

Eduardo Mileo
Poeta

Unir a los artistas y los vecinos en la misma lucha

En su edición del 15/3/08 Crítica publica una nota de Susana Cella titulada “No es una pelea del consorcio literario” en la que alude, sin nombrarme, a declaraciones mías publicadas por el diario Clarín acerca de la solidaridad de los poetas con el conflicto que llevan adelante los docentes de los centros culturales del Programa Cultura en los Barrios por el cierre de quinientos talleres y la reducción de horas cátedra a la mayoría de ellos dispuestos por el gobierno de Mauricio Macri. Aquí le respondo.

La lucha que han emprendido los docentes de los talleres culturales de los barrios para reincorporar a más de doscientos despedidos por el Gobierno de la Ciudad tiene en estos momentos la solidaridad de los poetas de Buenos Aires.
Con el falaz título “Polémica entre poetas por un ciclo del Gobierno de la Ciudad”, el diario Clarín publicó una nota en la que promueve un debate ficticio. No porque no existan diferencias entre quienes nos solidarizamos con los compañeros de los talleres, sino porque estas son totalmente secundarias respecto del objetivo principal.
Pienso que Susana Cella y yo estamos en la misma vereda en esta lucha. Por eso creo que Cella erra el camino al poner en primer plano los disensos. Con esto se hace eco de las intenciones de esa nota periodística, con lo cual, aun involuntariamente, produce divisionismo.
Respeto absolutamente la decisión de los compañeros que han resuelto no concurrir a las lecturas a las que fueron invitados por el Gobierno de la Ciudad. ¿Pero qué hacemos con aquellos que quieren solidarizarse con el conflicto pero no creen que ese sea el camino? Susana confunde “crear un fondo de huelga” con “darles el dinero a los damnificados”, con “hacer beneficencia”. Se crea un fondo de huelga para mantener la lucha de los trabajadores y, de manera más amplia, crear lazos de solidaridad entre ellos y la comunidad en general. Y, por supuesto, no es ni mucho menos liberar al Estado de su responsabilidad sobre el destino de los fondos que recauda, sino, por el contrario, utilizar esos fondos para mantener la lucha que pretende darles un destino justo.
Nadie cuestiona que un músico cobre por tocar. Pero parecería que ir a leer poemas no es un trabajo, lo que nos llevaría al absurdo de pensar que un artista está trabajando cuando transmite las técnicas de su arte, pero no lo hace cuando lo produce. Mi posición no se opone a la de los compañeros que han decidido no ir a leer, sino que es complementaria: trata de integrar a los que piensen que otras medidas de lucha son posibles. Es necesario reunir a todos los involucrados en este hecho, es decir, los artistas docentes de los talleres barriales (despedidos o no) y sus organizaciones, todos los artistas que se solidaricen con ellos, y los vecinos afectados por la desaparición de talleres, a fin de discutir un plan de acción para reincorporar a los despedidos y lograr la asignación de recursos necesarios para sostener los talleres en todos los barrios.

Algunas consideraciones sobre albañiles de ficción y escritores organizados

En la edición del diario Perfil del sábado 23 de febrero de 2008 apareció una nota digna de un provocador profesional. Y al ver la firma, se comprueba que, efectivamente, se trata de un provocador profesional: Rodolfo Enrique Fogwill.
En esa nota intenta trazar un paralelo entre los buenos trabajadores (un albañil de setenta años que no piensa jubilarse) y los malos (escritores que pretenden jubilarse sin hacer aportes). Lo que más admira Fogwill de su albañil es que sea superexplotado. ¿O no es evidente que si tuviera una jubilación digna podría dedicarse a descansar de una vida de duro trabajo? Claro que si quisiera seguir trabajando, y si alguien lo contratara a los setenta años (a esa edad es probable que tenga problemas para subir a un andamio), podría hacerlo con o sin jubilación. Es decir, no es la jubilación lo que impide a nadie hacer el trabajo que quiera, o que pueda. Queda claro que la invención de albañiles no es el fuerte literario de Fogwill.
En cuanto a la pensión para escritores, se equivoca de cabo a rabo. Cualquier trabajo está regido por el salario, del cual se descuenta un porcentaje para depositar en una caja de jubilaciones. Un escritor debería poder vivir de lo que hace. Contrariamente, los escritores están obligados, para poder cumplir con su imperativo artístico, a tener un trabajo que les dé de comer. Muchos creen, por eso, que el trabajo de la escritura no debería pagarse o, mejor dicho, que no debería exigirse paga por lo que uno hace con placer. Mi opinión es contraria a esta: yo no creo que la inspiración provenga de los dioses; más bien proviene de las posibilidades de ocio creativo que tenga un artista. Y que no se entienda mal: yo creo que el ocio, en un artista, es trabajo.
(Hago un paréntesis para polemizar sobre un asunto del cual se deriva que los escritores no contratados no aporten a ningún sistema jubilatorio. El hecho de que una determinada cantidad de trabajadores esté vinculada a tal o cual tarea en una empresa o gremio no responde, necesariamente, a las necesidades de la sociedad, sino a las de los patrones que manejan esa empresa o rama de la industria, es decir, a las “leyes del mercado”. No es cierto que dichas “leyes” se desprendan de las necesidades de la sociedad: existe una enorme cantidad de desocupados, cuando faltan viviendas, escuelas y hospitales en todos los rincones del país.)
En el caso de los escritores es igual: la sociedad requiere literatura, música, cine, etc., es decir, actividades artísticas. Pero hete aquí que, salvo excepciones, el trabajo del escritor, como el de la mayoría de los artistas, no es remunerado. Se los invita a dar conferencias, recitales, mesas redondas, sin percibir salario alguno por ello. Tampoco tienen el beneficio de ver publicadas sus obras, cosa que deben hacer, en su mayoría, a costa propia (como el mismo Fogwill lo ha hecho). Y no es, como suele escucharse por ahí, porque “no venden”. La mayoría de los escritores publicados por editoriales muy conocidas tampoco venden.
Por tanto, es falso que el escritor no aporte para su jubilación: aporta el 100% de su salario.
Fogwill razona según la óptica de los patrones y de sus gobiernos. Se enfrenta a las organizaciones de escritores, a las que, como a las organizaciones de cualquier ramo del trabajo, habría que defender de las patronales y del Estado, aunque, según él, estén dirigidas por burócratas (en el caso de la SEA, eso es una infamia).
Él piensa que de todos esos afiliados muy pocos son buenos escritores. Pero una organización sindical no está para juzgar el valor literario de sus asociados, sino para defender sus derechos contra el poder que pretenda mancillarlos. Además se opone a los subsidios para la edición de obras y a los premios Municipal y Nacional, porque cree que en eso se gasta mal la plata de la gente (dejando de lado que él estuvo litigando para que le dieran el Premio Municipal, es decir, un subsidio, no cree, en cambio, que se gaste mal pagándoles la deuda externa a los mismos capitalistas que la crearon y que nos han robado hasta el cansancio). Punto por punto el programa cultural del macrismo. Si hasta podría pensarse que Fogwill es un escritor a sueldo del Gobierno de la Ciudad.


P.D. (3 de marzo): En la edición del domingo 2 de marzo de 2008, en el suplemento Cultura del diario Perfil aparece un extenso reportaje a Rodolfo Enrique Fogwill en el que el escritor da un giro de 180º respecto de lo que había dicho la semana anterior, y afirma no haber dicho que los escritores no tenían derecho a jubilarse porque no aportaron a ninguna caja para ello. Tras la aburrida alusión, digna de un político burgués, a que había sido malinterpretado, se descuelga con una declaración increíble: “Escribí a favor de la jubilación para todos. Pero como no da el sistema para que sea así, ¿por qué hay que pagarles a estos atorrantes que escribieron tres libros malos y que son los que presentaron el proyecto?”.
Esta declaración no tiene desperdicio. En principio, afirma que todos deberían tener una jubilación (todos incluye a los escritores). Si lo justo es que todos cobren jubilación y el sistema no da para eso, ¿no habría que cambiar el sistema? Fogwill va incluso en contra de lo que cree justo con tal de defender el sistema.
Pero luego va más lejos aún. Él mismo elige qué escritores deberían gozar de jubilación y cuáles no. ¿En qué quedamos: no había que eliminar los privilegios? ¿Quién es, entonces, el atorrante? ¡Realmente patético!
Finalmente, el petitorio que elevó la SEA ante la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires está avalado no sólo por Osvaldo Bayer y Noé Jitrik, que ya sería bastante, sino, además, por Jorge Asís, Juan Gelman, Beatriz Sarlo, Federico Andahazi, Jorge Aulicino, Diana Bellessi, Abelardo Castillo, Martín Caparrós, Jorge Leonidas Escudero, Daniel Freidemberg, Luisa Futoransky, Germán García, Juan García Gayo, Mempo Giardinelli, Angélica Gorodischer, Alberto Laiseca, Jorge Lanata, Tununa Mercado, María Moreno, Antonio Requeni, Guillermo Saccomanno, Juan Sasturain, Héctor Tizón, David Viñas... entre más de trescientas firmas. No parece razonable que un proyecto de tres tristes trasnochados pueda concitar la adhesión de muchísimas de las plumas más afamadas de la Argentina. A diferencia de Fogwill, que lucha denodadamente para destruir la organización de los escritores, la SEA ha logrado lo que no pudo ningún gobierno, ninguna consigna: unir a personas de muy distinta extracción ideológica en la defensa de un derecho inalienable.

7.6.07

Agua

El agua, las aguas. El mar, el río. Las aguas sagradas, las celestiales. Las aguas de la imagen. Y también las aguas carnales de la inundación, las aguas sin dioses. Las aguas de Heráclito, que nunca son las mismas. Las aguas del tiempo, las aguas de la historia. El agua que vuela de los ojos al abismo y se abre a la superficie, se ofrece como cuerpo, y es otra vez mar, río. El agua que se ve. El agua que se intuye. El agua que es espejo de sí misma y, espejándose, se hace infinita. El agua que se toca: el agua clara; y el agua que se interna y es profunda. La de los místicos, agua bendita, que se vuelve sangre, aguardiente. El agua que se tiende para ver pasar el agua, y el agua del dolor, el desamparo.
El agua que se quita: el agua de los pobres. El agua que se debe sin remedio. El agua de la cloaca. El agua sin sonido. El agua que desnuda y decapita. El agua que se enferma: el agua estanca. El agua que es ajena entre las aguas.


Una libélula espera la lluvia con la fuerza que tiene lo inconsciente. No espera porque sí: vendrá la vida con el agua. Y en la mañana que no se detiene, en la tarde que se arroja sobre el incendio del horizonte, en la noche de San Juan, que es la del alma oscura, será el agua la mitad de mi abrazo, y la tierra mi cuerpo. Y sobre el agua brillarán las cosas que el agua trae sin descanso.

15.5.07

Contra la desesperación

Crece como silencio
desde el fondo del agua
como la luz del ojo de los peces.
Crece sin su límite
desde la huella que es nada sin su lluvia.

Espejo del infierno.
Océano sin sal.
Agua en su locura.

Los enfermos caminan hacia tu oráculo.
Buscan la palabra que les devuelva un pie
que les arranque un tumor de las entrañas.
Pero aquí sólo hay dolor.
Y es un dolor que abjura de la música.

Quítame de encima la sordera
la coz del desvarío
la pata de la angustia.
Quítate del cielo
diosa oscura.
Déjame llamar
gritar el nombre amado
alejar de la muerte lo que crece.

Ya estoy de pie otra vez.
Me mantiene parado lo que amo.

Río

En el agua llego a lo último de vos, cofre que encierra lo innombrable. Y el agua inicia el rito, agua en los dedos de Dios. Es un murmullo de volcán el río de oro, es un cuchillo de silencio demorado. Agua de anillo, Paraná, oro redondo.
Vamos camino al fondeadero de almas. Todo se acaba menos la luz, filtrada entre las hojas y los ojos. Me escribe el agua del silencio. Brazos del río más diminutos. No se llega a un lugar, se llega al crepúsculo.
Detrás de la vegetación, que oculta una buena fauna musical, se adivina la luz como una cúpula, la bendición del día. La noche llega de a poco; es una mano que se tiende, un párpado cansado, una leyenda.
El río aparece, crece y desaparece. Así las curvas de sus rincones secretos pintan los cuadros que los ojos desean. Los árboles acercan el viento, regresan a un tiempo donde el agua es verde. Los diamantes del sol caen y quedan sobre la superficie.
Un día como cualquiera partimos. Estoy en lo último de vos y te abrazo, para recordar.

21.1.07

Acuarelas argentinas

Cocina

Cocinar es operar una magia homeopática. En el corte, la manera de cocción, la especiería, los alimentos toman la forma y el color de los deseos. El cocinero es un brujo gozoso. Lo que luego será bioquímica intestinal, antes que nada es alquimia espiritual. La papa se transforma en bastoncillos para ser freída. Pasa de blanco a dorado. Cetro de rey deshecho en la boca. La boca reina. Devora el atributo. Lo transforma en materia viva de sus sueños. El que come es un lector del que cocina. Un trozo de tomate humedeciendo unos labios pone en boca del lector la fantasía del artista. El lector interpreta el deseo de su chef. Demasiado salado, demasiado dulce, demasiado verde o demasiado rojo es haber denunciado una pasión. La mueca del que come es un espejo que pone al cocinero en descubierto.

Ciruelas, duraznos, melones maduros, sandías anarquistas, manzanas, uvas, bananas en la flor de su misterio, cerezas moradas como un edema bíblico, peras, mangos, ananás. El color es una avispa pesada. Es arte escenográfico una frutera. Pictórico. Astral. Dodecafónico. El frutero es un artista de olores. El color se come con los ojos. Cualquier apariencia de realidad es una envidia. Vestirse como una frutería es acostarse con una modista.

Mágicamente, el espíritu se abre hacia el oído de su vista. Imágenes que son sonidos que son cosas que ya son otras con sus ojos y orejas. ¿Son caras las cosas? Economía del gesto. Saluda el ala de un sombrero, pero es un hongo bajo un árbol que es un pubis de mujer. Imágenes: palabras a la velocidad del pensamiento. El artista cocina sentido en su tinta.

Amor, placer y otros disturbios


El amor es un creador de abismos. Sobre las aguas mansas, las hojas ígneas de la pasión. Contradicciones: dos que son uno en el acto de volver a ser dos en el sueño. Vértigo, no tranquilidad: terrores primitivos. Laberintos que dan a laberintos donde esperan los monstruos del espejo.
Te doy mi corazón: espero el tuyo. Mi aliento en tu aliento se confunde: unísono que respira con dos bocas. Te absorbo: me das vida. Me absorbes: toda la eternidad en un instante. El que dice siempre dice ahora.

Un mullido sofá en medio del Sahara: ¿es eso el hedonismo? La cultura invadiendo la naturaleza para que la naturaleza no invada la cultura. Plantitas en las grietas de las paredes es abandono. La supervivencia humana depende de albañiles. ¿El hedonismo es un gesto de seducción hacia lo natural? En el origen de los tiempos, un hombre y una mujer se aman sobre la hierba. Sudarios en la vegetación. Después camas, doseles, cortinados. Imaginación. Se ve el río detrás de una ventana. El río ya es placer. Se trueca sed por deseo. Lo que se ha de beber ya está en los ojos.

No como un inicio, sino como una floración de lo premeditado, comienza un texto. Alteración del tiempo, no se sabe cuándo comenzó a hablar. Enfermedad eruptiva, fue incubado. Eternidad, aparece como un continuo sensitivo. Ha sido cuerpo: se ha incorporado. Se ha hecho verbo: encarnación. El texto dice no lo que sabe, ni siquiera aquello de lo que duda, sino un temblor. Los dedos del que escribe se mueven al ritmo de un temblor que se exterioriza. El texto es superficie de una profundidad.

El temblor, en la risa, se musicaliza. Los espacios entre las distintas voces de una risa son espacios musicales (musculares). De blancas, negras, corcheas, determinan la velocidad a la que uno ríe en un momento dado. Son frecuencia: sintonizan. Si se pudieran tocar como las teclas de un piano, las voces de la risa darían el acorde de una esfera: la de la boca.

Entrever un cuerpo desnudo a través de un vidrio difuso, de una cortina. La sensualidad es un teatro de sombras. Tocar un cuerpo es tocar una imagen. Una sombra que viste un cuerpo, pintada de desnudo. El que toca cree. La fe es la materia de lo invisible.

Creer en las serpientes predispone a la hipnosis. Animales de agua, magníficas emanaciones orientales. La clase media descree de las serpientes: las llama víboras. Y la hipnotizan los gorilas.

La pared se cubre de humedad y los hongos pintan un fresco paleolítico.

Las velas de los barcos son alas. Los barcos vuelan sobre el agua. Los barcos hundidos sueñan con pájaros pesados, después de la lluvia.

Se observa en las libélulas –en las mariposas, en los murciélagos– un vuelo electroencefalogramático. Parece paranoia del aire. ¿Nadie ha visto el dibujo? ¿Las letras de un alfabeto arcano? Ocultos son los dioses, pero no sus signos. La claridad, que no existe, es.

¿Por qué la lluvia cae en gotas? ¿Por qué no en chorros? Repartir: ¿armonizar? ¿Existe un socialismo natural? El agua se entrega en intervalos regulares. Es ritmo. La lluvia cae en gotas para producir cuadros, música.

Para mejor enamorarse, champán. La elegancia conviene al amor. Burbujas: aire en el agua. Amar es un vuelo submarino.

Seppuku es una técnica amatoria. Morir de amor por uno mismo. El samurai se entrega a la muerte penetrado por su acero. Desaparece para ser. Quien lo asiste corta la cabeza vengadora. Se tiñe de una sangre fiel. Seppuku es pasión por el filo. Una técnica de encuentro con el límite.

Temer a la muerte es temer a los minerales. La descomposición nos pone frente a nuestros elementos. El átomo es movimiento. ¿Pero todo movimiento es vida? ¿Es otra vida ser mineral? Brilla una piedra en el agua. El agua se transforma. El que mira una piedra en el agua ve su propia luz.

La luz, por así decirlo, no es: fue –dijo Kepler. Lúcido anticipo de la relatividad en una época de formas oscuras. La forma es un pasado que irradia. Futuro es luz. El tiempo está hecho de lo que ya no es.

La orilla del mar es un camino de cornisa. El que prueba ese camino lo hace guiado por una conciencia anfibia. Pies en el agua, manos en el aire. El trabajo del equilibrio resiste a la fuerza de lo voluptuoso. Seminavegación en la que insiste, también, el pichón que aprende a volar. Vértigo feliz, alejado del dramatismo del que anda o nada. Intentar el borde es alcanzar lo ambiguo. Puntadas en el agua: sastrería imaginaria. El que camina a la orilla del mar viste fantasmas.

Fuego es una forma inacabadamente real. Siendo instante, es eterno. Siendo eterno, no dura. Ni sólido ni líquido ni gaseoso. El fuego calla: hace hablar. Poniendo fuego al microscopio, se ven átomos de hipnosis.

Momentáneamente detenido, el carruaje es una pintura de época. Pero ninguna época se detiene. La modernidad es prehistoria en movimiento.

Es posible que toda obsesión sea un juguete roto. Muñecas que han perdido la cabeza, autitos sin ruedas, estructuras de oxidados engranajes, soldaditos partidos en el centro de su gravedad, conforman un paisaje de ausencia. Mendigos de madera, de cartón, de plástico, de lata, nos piden su limosna de recuerdo. Pero hemos faltado a la cita. No por desidia, sino por soledad: avidez de lo nuevo. El tedio es la obsesión de todo olvido. Y el juguete, la máscara del tedio. Si la patria es la infancia, todo niño es un punto de fuga, un exiliado en potencia.

Huir es dignidad de viento. Tocar y ya dejar de tocar para tocar otra cosa. Trocar. Mutación indefinida. Desencadenar es la cadena del misterio. Nada se sabe: algo sucederá. Esperar es inventar un mundo. Pero esperar huyendo es inventarse a uno mismo. El viento es un deseo de cuerpo. Y viceversa.

El centro es una especie de mesianismo físico. Ya que, por ahora, todo es entropía, se supone que todo regresará a su centro. Ciclos. O energía que termina –irremediablemente– haciéndose estallar. Materia en contradicción: lenguaje. El centro es un punto donde desaparece la palabra. Silencio incorpóreo. Ondas que han dejado de sonar, pero se mueven y dibujan. ¿En el centro solamente se ve? Unos ojos, que no son ojos, pero son claros, están viendo una música, que no es música, pero se oye.

Decir desierto es faltar en algún sitio. La aridez –espíritu vacilante– tarda en entrar en los ojos. El que solamente ve dunas no percibe las huellas del escarabajo arenero. Ni la piedra que respira y es lagarto. Decir desierto es tener la vista cansada.

Entregarse al amor como quien posa para un grabador japonés. Ser un erotómano: mirar las cosas como si estuvieran desnudas.

El vidrio no es tan frágil como se cree. Mejor dicho: el vidrio sólo es frágil si está entero.

Amor y mar son sumergidos. El amor aflora como espuma y desciende como peces. El mar es vidrio líquido: quema. Heridas del amor son fuego espeso. Caricias son del mar la sal feliz. El que ama es un buzo que el mar empuja a la superficie. El mar es profundo cuando el amor se acaba.

Un destructor nuclear surca las aguas del océano Pacífico.

Feriados trabajados y faltas sin aviso: acuarelas argentinas.

La máscara se hace de sus sombras. La ceja prominente, la nariz pronunciada. Una boca que proyecta sus alas hacia adentro. Hay un hueco en los ojos que se llena con ojos. Orejas no tiene: ya viene oída. Cualquier vacilación en la sombra es obra del artista.

Hay sol. Brillan los colores de las cosas. La luz del sábado descubre tucanes.


Inmigrantes


Un hombre aborda un barco. Llora. Saluda con un pañuelo. La imagen que ve está deformada por el agua: las lágrimas, el mar. La imagen se deforma para recordar sin la compulsión de lo nítido. El que llora no recordará un cuadro: pintará otros. Creará un recuerdo a imagen y semejanza de sus futuras desgracias y alegrías.
Una mujer aborda un barco con su hijo en brazos. Ríe, orgullosa. Lleva en sus brazos una raíz para plantarse en otra tierra.

Emigrar es un viento. Algo, material e inmaterial a la vez, empuja. No se sabe cómo –fuegos interiores, intemperies extremas– quedamos a merced del mar, de sus monólogos. Como un gran dios en la plenitud de su potencia, el mar nos otorga el calvario, la salvación. La tierra prometida es tierra promiscua.

El que emigra pierde su lengua: es un deslenguado. O mudo o, como un chamán, hablando en lenguas, el emigrado es un niño: balbucea. “Deseoso es aquel que huye de su madre” –dijo Lezama. Pero el que emigra trabaja. Se abraza a la tierra como a su amante. Deseo del inmigrante: darle un hijo a la tierra.

El inmigrante llega con una mano atrás y otra adelante. La mano que amasó el pasado, la que labra el porvenir. El presente es manco, mutilado. En un continuo religioso, el inmigrante venera a su madre, se mata por su hijo. El sacrificio hace correr la sangre de la herencia. Riega la tierra virgen: es tradición. Se desgarra de la antigua: es ruptura.

Dos trabajadores aran, cultivan, martillan, inventan, bombean, atornillan. Se aman. Son, como Quevedo, polvo enamorado: se abrazan a la tierra que algún día serán.

Se esperan cartas. Oír la voz del ser amado. Ver su mano trazando la palabra insegura, amorosa, quebrada. Renovada en el amor, siempre la misma. Se espera ser amado, recordado, esperado. Se espera demasiado. La carta que llega no es para el que la recibe, sino para el que la esperaba.

El tiempo maneja un organito. El tiempo lleva al hombro una cotorra que dice: “Serás feliz, serás desdichado”. El tiempo es una música que, al repetirse, es otra. Un barco y el agua son tiempo. Una cuerda los ata. Al final de la cuerda hay un hombre que pinta un paisaje sin retorno.

Un abuelo italiano no habla: come. Una nieta argentina no escucha: mira comer. El espacio que hay entre los dos es una relación carnal. Los une la comida: se devoran. La niña llena una jarra: saciando al abuelo, se sacia. Paradójicamente, el hombre es un hueco, y la mujer un impulso que empuja y lo llena.

Verás a tu mujer: será un viento. Verás a tu hijo: será un viento. Amarás apasionadamente: cantarás una romanza italiana. Viento el temor; las alegrías, viento. Viento los ojos, la boca, todo el cuerpo. Tu casa será viento. Habitarás el aire. Serás el aire que mueve las tormentas. Una página escrita por un pájaro que cruza tu ventana. Todos somos inmigrantes. Creyendo o no creyendo en otra vida, marchamos hacia ella con una fe física.

De libros y otros asuntos estéticos


Matisse anota, en sus Reflexiones sobre el arte, que las articulaciones de los miembros en una escultura deben mostrar que están en condiciones de sostener el peso del cuerpo. Estética de la armonía, el arte de Matisse descree de los tullidos, mutilados, discapacitados. Lo monstruoso en cualquiera de sus formas queda de este modo vedado a la imaginación y a las especulaciones de la estética. Otros nombres ilustres –Brueghel, Bosch– contradicen la reflexión del maestro francés. El modelo no sería, para ellos, el fin de la representación, sino la materia que debe trabajarse.

Una de las comprobaciones más palpables en nuestra vida cotidiana se resume en esta frase de fray Luis de Granada: “La humedad es la madre de la corrupción”. El infierno católico –se sabe– es elocuente en ardores. Llamas eternas laceran la carne húmeda. La corrupción se castiga con castidad. Trágico destino del agua: ser arrojada al fuego.

En Sartor resartus, Carlyle intuye que la filosofía no es ficción suficiente. A la manera de Cervantes o de Shakespeare, interpola un tratado de filosofía dentro de una ficción mayor: la presentación y la discusión de un tratado de filosofía. Pero quien presenta y discute no es un filósofo, sino un editor. La novedad de Carlyle no es de carácter estético, sino filosófico: el que edita medita, y el que escribe acredita.

Con La inteligencia de las flores, Maeterlinck podría haberse adelantado a los partidos verdes de Europa. Pero no tiembla –más que de emoción– su florida prosa al entrever esas curiosas –e incluso astutas– organizaciones del pensamiento. El modo en que un zarcillo se toma de una viga es equiparado –sin rubor– con los más tortuosos vericuetos de la lógica. No hay duda de que a Maeterlinck lo mueve el amor. Pero un amor sin reservas, apasionado, ajeno a las corteses distancias de la discreción. No es un político, en suma, ni un ecologista. Y lo que parecía sembrar una tradición ha cosechado el vértigo de un vacío.

Marco Polo observa que, en la provincia del Catay, las doncellas, para conservar su virginidad, “cuando caminan avanzan tan despacio que no adelantan”. Esta prueba in situ –que tal vez prefigura las propiedades del hipercubo– afirma la anulación del espacio en beneficio de una existencia exclusivamente temporal. Avanzar sin adelantar prenuncia –ya en el siglo XIII– la consigna einsteiniana de avanzar retrocediendo. Marco Polo es un visionario y, como tal, suscribe la sentencia de Blake: “Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la cultura”.

El retrato de Dorian Gray presume un demonismo en la juventud. Gombrowicz le atribuye una belleza irresponsable, una forma “inacabada”. La lealtad no suele ser atributo de tiernos cogollos. La belleza no se realiza en la fidelidad: es nómade. La forma solamente es instantánea.

Si la esfera es la forma perfecta, quien quiera reflejarse en un espejo verá la cara del que se mira en las bolas del arbolito de Navidad. La perfección ve monstruos.

El cielo no demasiado azul, la ropa no demasiado blanca: acuarelas argentinas.

5.12.06

Patria

I

¿Qué parte de ceniza es el codo de un hombre,
el hombro, la punta del pie derecho?
¿Qué parte de ceniza, una clavícula,
un lunar bajo el lóbulo
de la oreja, la boca
del estómago?
Cenizas
recién hechas de huesos
dan a la tierra su color
y fibras
a los músculos del cielo.
Cuerdas de liras que no alumbran
ni arpegian entre las estrellas.
¿No sabe nadie
ser conocido en ninguna
forma desechabe?
Cadáver calentito.
Partes de ceniza son un hombre
que es otra cosa que un hombre
que ha perdido la boca para siempre.

A la silueta sigue lo deforme:
la forma de la silueta.
Figuras de ceniza
se reflejan en el muro como sombras
chinescas.
El polvo gris se ajusta
a nuevas vidas subterráneas
que laten bajo el muro. La sombra
pugna por salir. La forma
es arte de seducción. No hay
conejos ni lobos ni
palomas. Ceniza
que pugna por salir. Poros
a través del muro dejan
escapar la sombra: la seducción.
En las manos se recuerda su tibieza.
Cadáver calentito.

Entre hileras de árboles frondosos
caminaba la sombra
de un hombre de ceniza. Miércoles.
Una mujer buscaba
su forma en hombres de ceniza.
Se habían conocido en otra vida.
Tocaban su tibieza con todo
el cuerpo. Sólo que
no hay cuerpo o
sólo de ceniza.
Cada parte toca lo que
al instante cambia de sitio.
¿Se reconocen?
Otra variedad del tacto,
la caricia universal.
Del vientre de una chimenea
lo que no es ceniza se hace humo.
La asfixia
del calor traga la vaga
asfixia.
Sensualidad aérea.
Espesa en los dedos negros.
Cenizas en los astros:
las manchas de la luna.
Cadáver calentito.


II

Sombras
a los lados de los árboles
sobre la chimenea.
Chispas.
Eléctricos despojos de ojos
de terca
mirada acicalada.
Brotes
de panes de ojos
sobre la chimenea
mean
el aguardiente.
En los ojos
hinchados de venas
hinchadas por el alcohol.
Bravo
brebaje indígena
de piel de saurio en extinción.
Sombras a los lados
de los árboles.
Sobre la chimenea.

Es de mañana.
La madrugada cedió paso
a lo lánguido indefinido.
La tibieza del sopor
de lo lánguido.
Es de mañana.
No se sabe quién
cedió paso. Hay
sobre los árboles sombras
a los lados de una
chimenea.
Húmedos despojos de ojos
de humo de ojos
con nubes en los
ojos.
Eléctrica tormenta
de pie en los corazones.
Un corazón ha fugado
de su pecho sin rastros.
Entre silencios se oye
su animal desposarse con despojos.
Restos
de lo que fue un hombre se dejan
llevar en lo que flota. El aire.
El humo. Los
ojos.
Para el decapitado
el ahorcado
el fusilado
el depuesto en cámara de gas
el caído en sillas
eléctricas
tormentas de pie en los corazones.
Los ojos de los muertos miran
en silencio. Los muertos
obedecen a una sombra superior.
Vuelan los ejércitos de restos
de despojos
hacia la sombra de los árboles.
Nadie
ha visto respirar a
nadie. Nadie
ha escuchado una queja.
En sus ojos cae la tormenta. Agua
que se deja llevar.
¿Nadie se acuerda de morir para los muertos?
Nadie les abre una botella
de alcohol para saber.

Las hojas de los árboles son mudas.
El asombro es de las ramas
reflejadas en el agua.
No es necesario saber.
O se sabe con el cuerpo
lo que en el cuerpo palpita sin señales.
¿Se vuelve luego al horizonte?
¿Lo circular?
No hay reposo en esta ruina.
Cadáver calentito.


III

Padre:
madera que ha cruzado mares
corcho que los niños queman
para pintarse bigotes en la cara.

¿Llegaste al horizonte y caíste
en cascada de arena?
¿Partiste de un hachazo de sombra
tu paciencia?
¿O te fuiste simplemente, quieto
como un barco en una botella?

Este poema es parte de la obra Poemas sin libro, Ediciones en Danza, 2002.

21.11.06

Aguafuertes anatómicas

Anatomía y piquetes
Este texto fue escrito en el año 2002, en momentos de duros ataques del gobierno de Duhalde contra el movimiento piquetero, que tuvieron su punto culminante en el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la estación Avellaneda.

El anatomista y poeta Avelino de Oviedo observa la realidad bajo su lupa de diez aumentos. Se trata –como todo lo visible– de una realidad descuartizada, fragmentada de modo anárquico. De Oviedo mira a través de esa lente no lo que hay, sino lo que hará. Disecar es una tarea zen –dice para sí–, como cualquier tarea que se realice concentradamente.
Sobre la mesa –de una pulcritud literaria– se dispone el instrumental, brillante sobre fondo mate. Las piezas que podrían representar un peligro potencial de heridas, a la izquierda; el resto, a la derecha. Avelino de Oviedo es minucioso, detallista; es decir que ejercita el sentido de la visión. La lente, salvo en el centro, deforma la imagen, y el anatomista y poeta conoce los resultados de la ilusión.
¿Pero de qué realidad se trata? ¿Qué es lo disecable, en todo caso, y qué conviene dejar intacto? En definitiva, ¿qué resguardar y qué cortar? El anatomista se enfrenta a este dilema cotidianamente, pero para él ya ha dejado de ser un dilema: existe un protocolo para las aponeurosis, uno para los paquetes vasculonerviosos, y así.
El poeta que hay en el anatomista se pregunta si esta es toda la realidad, si es posible ver toda la realidad de un golpe de vista y, finalmente, si existe toda la realidad. Por el momento, Avelino de Oviedo está quieto y, por primera vez en muchos años, no se decide a empezar o, si esto fuera posible, no sabe cómo.
Recurre, entonces, a su arsenal poético: piensa en el modo como se cortan los versos. Allí el problema se le agrava: ¿verso medido o verso libre?; si es medido, ¿qué cantidad de sílabas?; si es libre, ¿qué ritmo, dónde respirar?
Las encrucijadas le resultan fastidiosas: Avelino de Oviedo es un hombre expeditivo, es decir: seguro de sí. Pero ahora teme: ¿qué resguardar, qué cortar? Él, que es un gran lector, no puede leer esa realidad que ya se ofrece descuartizada, fragmentada. Bajo su lupa se enfrenta al detalle de una totalidad que no es capaz de percibir.
Hace unos días leyó en un matutino de gran tirada una nota sobre los cortes de rutas. Como es un hombre de gabinete, lo sorprenden las manifestaciones masivas; lo sorprenden y, de algún modo, lo fascinan. Pero esta vez su fascinación fue más allá: lo sedujo la idea de que gente desocupada hubiera podido unirse en la lucha. Sintió latir en esa fuerza el germen de la organización. Comprendió –si es que se puede comprender algo– que, si bien la totalidad es impensable, no es impensable la mayoría.
El anatomista y poeta Avelino de Oviedo experimentó una piloerección. Ahora estaba claro el sentido de su pregunta: ¿dónde cortar, qué resguardar? El empírico –como gustaba autodefinirse– recogió el instrumental y lo dispuso ordenadamente en sus respectivas cajas. Luego apagó las luces y salió a la calle. Estaba inestable. Él también.

8.11.06

Irala, sueño de amor y de conquista

Estos poemas pertenecen al trabajo poético-musical Irala, sueño de amor y de conquista. La obra está estructurada con canciones, poemas y cartas. La música es del compositor Raúl Mileo.

Partida
(Del deseo de infancia que el abandono de la tierra amada provoca en el viajero)

Por el amor de Dios
que cruza el mar conmigo
he dejado la patria:
ríos, praderas,
árboles amados,
como si fuera un sueño.

Nada, sin embargo, duele,
sino la sal en los ojos,
el día que se alarga bajo el sol,
la noche oscura.

He dejado la patria.
Más allá de la tierra,
el agua, el cielo combaten dentro mío
como letra muerta.

Por el amor de Dios
que duele como un fuego,
praderas, ríos,
árboles amados
a la deriva van
y sin consuelo.


Plegaria épica

(De cómo llorar y rezar puede ser cosa de hombres)

Casi amanece.
Urge llegar.
Detrás
de la aurora demorada
crece el rumor de las espadas.
Un soldado pide a Dios valor.
Se oye llorar. Desenvainar.
Cantar
como trompetas
cornos del cielo iluminado por los gritos.
Clamor de los que piden
sus trofeos de sangre.
Se oye llorar. Desenvainar.
Bajo la declarada claridad
crece el rumor de las espadas.
Urge llegar.
Pedirle a Dios valor.


Muerte del guerrero

(De cómo la muerte de un soldado se parece a la muerte de cualquiera)

No respira.
El aire no se mueve.
Ni las hojas se mecen
al soplo de su boca.
No respira ni deja
su aliento sobre el vidrio.
Ni los ojos se mueven
en el cielo clavados.
No deja la noche de caer
sobre sus hombros.
No respira. Ya
no dejará de haberse ido.


Venganza

(De los sentimientos que producen en el hombre una perseverancia animal)

Rocío de beber.
Y nada más.
Que ayune el cielo hasta dar con ellos.
Cortar.
Dejar la selva llana y encontrarlos.
Y volver a cortar.
Pero esta vez cabezas.
Y luego sí:
los ríos que a la boca vengan beberlos
y comer lo de ayer
lo de hoy
lo de mañana.
Por ahora los ojos en la maleza.
Sólo cortar.
Y dar con ellos.


Irala sueña que sueña

(Del temor que la muerte da al sentido*)

Una mano
cortada por una espada
alza una copa de vino.
Domingo Martínez de Irala
bebe la luna sangrienta.
Su placer no es el fuego
que los astros encienden en su boca.
Adormecido por el dulce veneno
Irala sueña.
Fuego. Las chozas
son pupilas ardiendo.
La luna ensilla su potro y baja
sobre la ira de sus cascos.
Una mujer besa el anillo de una mano cortada.
Ha muerto el rey.
Las llamas iluminan el histórico convento.
El pueblo celebra en la plaza de armas
no la caída
sino la ebriedad.
Hace un frío eterno.
Domingo Martínez de Irala
enciende su lámpara de infancia y
penetra en la batalla.


*Verso del poeta catalán Ausias March (CXII, 221, Obra poética, Alfaguara, Madrid, 1978. Traducción de Pere Gimferrer)


Lo que no fue

(Del destierro que viene con la falta de amor)

Los años no han pasado.
Cayeron.
Ni la mano de Dios
ni el garrotazo
que la selva se empeña en ofrecerme.

Tu rostro no está claro.
Pero los hilos de tu enagua amanecen
atándome a la sombra de mis carros.

Ni dolor.
Ni premura.
Historias enhebradas en tus ojos
que no hablarán de ti.
Mi tierra descubierta
habrá sido tu olvido.

Ni una hebra de España me une a ti
ni a mí
amada mía.


Irala medita frente al mar

(De la pasión que provoca el amor fugitivo)

Oscura como Dios es esta noche
más alta y más profunda por umbría.
Un gran temor que hace desear el día.
Un trueno que maldice su derroche.

Me asfixia como un puño su alegría
de negro mar y soledad ansiosa,
y crece de su vientre, poderosa,
la mitad que completo con la mía.

Nada me dice, nada le respondo.
Es de silencio el lazo que nos ata
a un abismo a la vez crecido y hondo.

Los dos como de hielo y en las olas
nunca seremos el fuego enamorado

que nos disuelva como un agua sola.

3.11.06

Mujeres

Tomó la hostia
con la punta de la lengua
y la empujó adentro de la boca.
Frescura
le daba el deshacerse
del cuerpo santo
y honda garganta
la mística luna.
Bajó la cabeza
y entre todos
caminó por la nave central.
El órgano en el aire
celebraba
su cálida epopeya.


El placer
le llegaba de a poco:
páginas de un libro
de vértigo y espejo
de volcán arrasado.
Tejía
con sus dedos el vello
de los labios
y hendía
en el fluir las uñas
de los lobos.
Nutrias
de su amor espeso
líquidas
armas derramadas.
De fiesta giraban
sus ojos de Arabia
planetas en la luz
de sus constelaciones.


Ella
orquesta
en su plaza pública
prepara las banderas
de una guerra mayor.
En la acción deja perlas
esquirlas de su boca de cañón.
Incendios –dice–
agua seca en movimiento.
Pero discrepa con el fuego en el amor:
espera.
Sonríe como mármol
pero muerde
como una estrella herida.


Ella
la chispa
la burbuja de sidra
y poco más:
el corcho que se deja humedecer
la boca
que cede al goce de los estallidos
mínimos.


Ella corta tallos de culebras.
Los perfuma de rocío.
Las gotitas
prendidas de las escamas
son palabras presurosas de su boca.
Ata los prolijos ramilletes
de un verde crepuscular
y los vende
en los puestos de flores de la feria.
Toca la flauta y es
encantadora.


Ella imita la noche
con su abanico negro
su boca de guiñol
y su coñac.
La brisa del abanico acaricia
el valle que separa sus pechos pequeños
y agita la mínima pollera
que sus caderas hinchan
como un viento voraz.
Loa hombres, al verla
recuerdan las noches de calores precoces
los veranos
de los sueños indignos.


Con la yema de un dedo
rozó
la pulpa de un higo
y se sintió brotar.
La yema dejó
que deslizara
sobre una copa de fina melodía.
La superficie del vino
vibró.
Crecía sutilmente
el lujo de la mano
crispada en la penumbra.


Besó
hacia un lado la boca y echó
la sombra dentro.
Frutal
como una lámpara
de labios entreabiertos.
Entregada al goce de temer.

No es ella quien jadea:
es su ventrílocuo.



Estos poemas pertenecen al libro Mujeres, Ediciones en Danza, 2005.

23.10.06

El presente hace la historia

El domingo 4 de junio, en Radar Libros, apareció una crítica al libro Palabra viva (Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983), firmada por Rogelio Demarchi. A título exclusivamente personal, envié esta respuesta, que discute los puntos de vista principales de aquella nota. La respuesta no fue publicada.

Un artículo sobre desaparecidos que comienza diciendo: “Hubo un tiempo que fue hermoso” comienza mal. Y comienza mal porque –además de pasar por alto, o de tomarse a la ligera, que hubo treinta mil vidas segadas por las armas dictatoriales, sin contar las vidas mutiladas de los familiares de las víctimas– se rinde sin presentar batalla, porque supone que la derrota de aquel momento liquidó toda posibilidad de victoria futura. Ni aquel tiempo fue hermoso, ni lo es este, ni lo será ninguno que permita la explotación del hombre por el hombre y, por ende, la eliminación física de quienes no acuerden con esa barbarie. Ni hubo paraíso ni hay infierno: lo que hay es la lucha que llevaron adelante los compañeros desaparecidos, y la que llevan adelante ahora quienes defienden posiciones políticas enfrentadas a los explotadores y a su brazo armado.


La escritura como trabajo

Debido a su función, que incluye tareas sindicales, la SEA no debería erigirse en tribunal estético, pues, de hacerlo, estaría incurriendo en discriminaciones que, llegado el caso, hasta serían de clase, pues no puede desligarse el problema educativo del gusto por el arte y, mucho menos, de su producción. La SEA no debería sancionar con sus actitudes una discriminación clasista, pues es evidente que las personas de menores recursos económicos, por no recibir una educación adecuada, tendrán menos posibilidades de ser escritores. La política de nuestra entidad es, a mi entender, decirle no a la discriminación, luchar contra ella, combatir contra las condiciones que impiden que quien escribe, o quiere hacerlo, pueda ver coronado su esfuerzo con la publicación de sus obras, y esto le permita crecer personal y profesionalmente. La SEA nunca se dedicó a dictaminar quiénes pueden ser escritores y quiénes no, tarea más propia de un censor que de un sindicato.
Desde luego, esto no está reñido con las políticas que favorezcan el debate de cuestiones estéticas –o cualesquiera otras– al interior de la organización, políticas que está en el espíritu de la SEA promover.
Este libro no es, como propone la nota, una antología. Es una recopilación: por ese motivo están todos. Si existen cartas de amor o poemas de protesta al lado de textos de Rodolfo Walsh o Paco Urondo, será porque, en principio, la dictadura no tuvo un criterio literario para distinguir a esos militantes y, por otro lado, nosotros no quisimos suscribir la misma salida que aquella: eliminarlos. Nuestro criterio, por tanto, no podía ser el de una editorial, porque privilegiamos aquello sin lo cual nadie –ni Haroldo Conti ni un novato– sería o podría llegar a ser un escritor: la vida.


Una tarea de todos

Nuestra entidad estuvo trabajando en la confección de esta recopilación durante más de tres años. De hecho, la recopilación no está terminada. Publicamos una primera lista de escritoras y escritores desaparecidos en 2001, en un acto en el Palais de Glace en el que llamamos a todo el que tuviera noticias de otros a acercárnoslas, y también los textos que pudieran haberse reunido. Si faltan escritores –en todo caso Demarchi podría decirnos quiénes son y colaborar con nosotros en ubicar a sus familiares y conseguir textos de ellos–, creemos que es una tarea de toda la sociedad reparar esas omisiones en otra edición.
Debido a este hecho, no se entiende –o puede entenderse como malintencionada– la comparación que la nota deja flotando entre la SADE y la SEA. Y no se entiende porque no puede compararse a una organización que defiende los derechos de los escritores, que lucha contra la discriminación social en todas sus formas, que ha llevado adelante la investigación sobre sus desaparecidos y sus muertos, que ha publicado esta recopilación, que cada 24 de marzo marcha con la mayoría de la sociedad pidiendo que se juzgue y castigue a los genocidas, con otra que no ha hecho nada al respecto y que, al no hacerlo, ha demostrado con creces que su bandería política se halla en las antípodas.


Juicio y castigo

El título de la nota –“In memoriam”– no le hace justicia al libro, pues no se trata de recordar para no hacer nada más que eso –es decir, la memoria como una forma de olvido–, sino de ofrecer una alternativa a quien quiera luchar para que no vuelva a suceder más. La continuidad de la lucha de nuestros compañeros desaparecidos es lo que les da sentido ahora, lo que escribe su muerte como una parte de nuestra vida, lo que vuelve historia el presente. Por ese motivo, la divisoria de aguas que reclama Demarchi –y que su nota no plantea en ningún sitio– se halla en el prólogo de la SEA –cuyos conceptos se omiten en la nota–, que reivindica a esos escritores desaparecidos en función de su militancia política, denuncia que pasan los gobiernos y los asesinos siguen libres, y reclama juicio y castigo –no museos– a todos los responsables intelectuales y materiales de las desapariciones y los asesinatos de los compañeros. Sin ese señalamiento, es lógico que se piense que aquel fue un tiempo hermoso –¿quizás en contraposición con este?– y que aquellas discusiones versaban sobre literatura, y no sobre revolución. Si no se pudo llegar a las definiciones que la nota reclama fue por las razones de todos conocidas: que la dictadura tomó el poder, destruyó las organizaciones de los explotados y asesinó a muchos de sus militantes. Y en estos casos, la única definición posible –sobre la cual la SEA sí responde– es decir sin ambigüedades de qué lado de la vereda estamos.

Un lugar propio

Debatir qué cultura queremos

Esta nota fue escrita en respuesta a la propuesta del secretario de Cultura Rubén Stella al asumir sus funciones. La propuesta debería estar en la página de la Secretaría de Cultura de la Nación, pero puede suceder que la hayan quitado o que yo sea demasiado torpe con la red para encontrarla. De todos modos, supongo que se entenderá.

Al inicio de su gestión, la nueva dirección de la Secretaría de Cultura de la Nación propuso un debate acerca de “qué cultura tenemos, soñamos y podemos encarnar los argentinos”, en la convicción de que el máximo hecho cultural que podemos crear es “una patria, un lugar propio”. Esta convocatoria resulta, en principio, confusa. ¿A quién se convoca a debatir? ¿A los trabajadores, a los artistas e intelectuales, al pueblo en general, a todos? De ser así, ¿este debate no está planteado desde el 19 y 20 de diciembre pasado? ¿Los piquetes y cortes de rutas, los cacerolazos, las asambleas populares, las ocupaciones de fábricas y su puesta en marcha bajo control de los trabajadores, las puebladas al Congreso y a Tribunales, los escarches en las puertas de los bancos no discuten ya qué clase de país queremos?
Al ignorar este hecho, la Secretaría se suma al coro de artistas e intelectuales que proclaman como un estigma de nuestros pueblos (los de Latinoamérica) “el silencio de los oprimidos”, en momentos en que nuestros pueblos han salido a manifestarse masivamente (basten los ejemplos de nuestro país y de Venezuela). Entonces, ¿ese silencio del que hablan no será el de ellos? ¿No estarán expresando, sin más, su propia ausencia en la lucha? ¿La mudez ajena que declaran no será, en realidad, sordera propia?
Y no se trata, desde luego, de que los intelectuales deban ser la vanguardia esclarecida de la sociedad, sino de que colaboren en la creación de un modelo de sociedad. Pero para tener claridad al respecto hay que estar en las calles. En definitiva, los dirigentes de este proceso no saldrán de vanguardias iluminadas sino de entre los que se hayan mostrado más consecuentes en la lucha y la defensa de los intereses del pueblo.
En resumen, la Secretaría llegó tarde a la convocatoria: el debate está planteado en todo el país.


Construir el modelo

Ahora bien, ¿con qué banderas se lo convoca: tiene la Secretaría su modelo de país, de cultura? Desde luego que sí. En principio, porque se trata de funcionarios que responden a un plan superestructural trazado por el gobierno nacional, un plan signado por la aplicación de recetas fondomonetaristas en nuestro país; es decir, la defensa de los intereses de los grandes capitalistas multinacionales y el ataque consecuente a los intereses del pueblo trabajador. Baste recordar el mantenimiento de la expropiación de los bienes de los ahorristas (“simpáticamente” denominado “corralito”), la enorme licuación de deuda de los grandes capitalistas que significó la pesificación, la inflación desenfrenada, que en artículos de primera necesidad superó el 50 %, la fabulosa caída del salario, el terrorífico aumento de la desocupación, entre tantas otras cosas. Los planes implementados por el gobierno de Duhalde son el modelo de país del FMI. ¿Es esta la alternativa que la Secretaría presenta al debate?
No hay más que ver el estilo de pensadores que cita el secretario Rubén Stella para darse cuenta de que defiende el modelo privatizador que ha llevado al país a la bancarrota: “No haga usted en el gobierno lo que pueda hacer una empresa” (Toni Puig Picart, fundador de la revista española Ajoblanco). Siguiendo estos consejos, desde Menem hasta Duhalde, pasando por De la Rúa-Álvarez, el Estado ha regalado las empresas que nos pertenecían a grupos de capitalistas que las vacían en su propio beneficio. Es evidente que esta clase dirigente hace ya tiempo que convirtió en letra muerta la ley que ella misma creó, porque esta es una clase dirigente que hace ya tiempo ha dejado de creer en sí misma. Para “poner una patria de pie” harían falta bases un poco más firmes.


Panorama del desierto

El panorama en Cultura no es diferente. El presupuesto para el área ha descendido notablemente, provocando el absoluto deterioro de las condiciones laborales, tanto para los trabajadores efectivos como para los contratados, alarmantes rebajas salariales, desocupación a galope tendido.
¿Qué hacer en el desierto? La Secretaría propone dos vías de acción: el turismo cultural y el festejo de fechas patrias, ambas para “recuperar nuestra identidad perdida”. El plan de turismo cultural incluye, entre otras jornadas, la Peregrinación de la Virgen del Valle, la de la Virgen de Itatí, la Fiesta de la Virgen de Guadalupe, la del Ternero, la Yerra y el Pial, la de la Ganadería de las Zonas Áridas y el Aniversario del Desembarco de los Colonos Galeses. El de festejo de fechas patrias incluye el 25 de Mayo –esta metodología parece haberse contagiado a la Secretaría de Cultura de la Ciudad, que organizó un Periconazo para esta fecha en la Capital–, el 9 de Julio y el 17 de Agosto.
Este plan se presenta bajo el argumento de que “la cultura es de los hombres, no solo de los artistas”, y con el propósito de “darle el protagonismo a la gente”. Estoy de acuerdo con estos enunciados, pero habría que agregar que la cultura no es de los funcionarios y que darle el protagonismo a la gente debería incluir un aumento inmediato de salarios, que el salario equivalga al costo de la canasta familiar, que se indexe según el alza del costo de vida, y que haya pleno empleo en todo el país. Nadie puede ser protagonista de nada –salvo de su propia muerte– con hambre, sin techo y sin ninguna perspectiva de futuro.


¿Para qué luchar?

El secretario Stella manifestó en un reportaje que el debate era imprescindible “en este momento de globalización dolarizadora y dolarizados golpes a la democracia”. Salvando el hecho de que él representa al gobierno globalizador y golpeador, esta necesidad es clara, y un buen modo de llevarla a cabo sería convocar a una Asamblea General de la Cultura, de la que participen todos los artistas y trabajadores del área, y en la que se discutan los problemas que aquejan hoy a la cultura en nuestro país, con el objetivo de votar un plan de lucha por reivindicaciones mínimas:
a) aumento de presupuesto y control de este por los trabajadores;
b) ningún despido; pase a planta permanente de todos los contratados;
c) salario mínimo que equivalga al costo de la canasta familiar, indexado según el aumento del costo de vida;
d) llamado a concurso para cubrir las programaciones en todas las áreas artísticas, bajo control de los trabajadores;
e) estatización de los medios masivos de comunicación y puesta en marcha bajo control de los trabajadores;
f) plan cultural en los barrios, para dar trabajo a artistas desocupados y espectáculos gratuitos al pueblo.
Este sería un modo de protagonismo real, en el que la gente dejaría de ser espectadora para convertirse en artífice de su propio destino, de su lugar propio.

17.10.06

Boa

El escozor del roce
de una nariz en la axila.
El plancton de la lengua.
La tibieza
de la yema de un dedo sudoroso
humedeciendo el cactus
de un labio seco.
La viga maestra que levantan
los carpinteros de Salinger.
La cuenca
que navega la nutria.
Un ojo de hilandera
en una seda japonesa.
La trama finísima
de la porcelana vieja.
El balanceo
desigual del empuje
del agua contra el junco.
El mármol de la corva.
El vidrio del muslo.
El arenal de la espalda.
El giro de una hoja
que se vuelve al sol.
El paso del desierto
en un reloj de arena.
La carne en que se pulen los espejos.
La lengua que horada la piedra.
La hendidura del agua en la pesca de un pato.
La pata
de un oso posada en aguas vírgenes.
Una lombriz
que emerge de la tierra húmeda.
El soplo
de un quejido de amor en la oreja.
Un tórax de hielo
cayendo en el agua.
La hilera de licores.
La transparencia que espesa los licores.
La primera intransigencia
de la madera ante el hacha.
El pájaro de la cosecha.
El topo de la siembra.
La bandera del cielo hendida por un rayo.
El ojo de una pluma de pavo real.
La zanahoria que asoma
de la boca de un lechón muerto.
El animal de las bodegas.
La leyenda del Minotauro
pero Ariadna sola en el laberinto
sin hilo.
El espasmo muscular de un pájaro de Utamaro.
La prueba de mantener
la respiración bajo el agua.
La respiración
que sucede a la salida del agua
después de la prueba.
El llanto
que se aquieta en los brazos de un oso.
La Victoria de Samotracia, es decir
la mujer sin cabeza.
La Venus de Milo
con Apolo enfrente.
Safo
frente a la Venus de Milo.
Apolo sin brazos
en un barrio negro.

Una cortina
que se mueve sin viento.
El viento que mueve las cortinas.
La sal del mar en los labios
de los enamorados.
Un agujero en una manzana.
El olor del ajo en los dedos.
El olor a papel viejo de los cuadros sinópticos.
La bandeja
con un solo saladito
parecido a un barco.
El barco que repta
en la bandeja salada.
Una cara
que mira la bandeja y tiene
por boca el saladito.
El temblor de una uva.
El interior ignorado de la uva
que provoca el temblor.
La mirada de alguien
a quien jamás volveremos a ver
que se posa en la boca.
La boca con que besamos
a quien jamás volveremos a ver.
La luz
que no deja ver qué hay detrás.
Lo que hay detrás.
Lo que hay detrás de lo que hay detrás.
Lo que nunca estará detrás
y se nos niega.

Un papel ardiendo en silencio.
El fuego que enmudece al papel.
El papel que habla por el fuego.
Un monte
con arbustos como vellos.
El cordón
de una zapatilla enhebrándose.
Una aguja
a la que cuesta enhebrar.
Una niña que infla un globo.
El aire del globo
antes de enfriarse.
Un muñeco que cuelga en la pared.
Los cadalsos vacíos.
El vacío
donde falta un cadalso.
La pared sin muñecos.
Los cuadros que espera esa pared
y que nunca serán pintados.
La pintura
que chorrea en la pared.
El palo que revuelve la pintura
provocando un abismo.
La impureza de dos pinturas
antes de mezclarse.
La mezcla:
esa otra impureza.
El cromo de una canilla
deformando las imágenes.
Las imágenes que se deforman solas.
Las imágenes que se deforman
al contacto con otras imágenes.
Las imágenes que no se deforman
y brillan por su ausencia en la canilla.

El péndulo de la cola
de un toro espantamoscas.
Las moscas
que aplasta la cola del toro.
Las moscas que escapan a la cola del toro
y serán aplastadas por la cola de un caballo.
El temblor
de las ancas de un caballo.
Las crines de un caballo que baja a beber.
Un deshollinador
que empuja su escobillón
en una chimenea.
La galera del deshollinador.
El tizne
que lleva al deshollinador a otra raza.
La raza del hollín.
La raza verde del pasto
donde han hecho el amor las otras razas.
Un picaporte cerrando una puerta.
Un picaporte abriendo una puerta.
Una puerta que no cierra ni abre.
La puerta del hortelano.
Un hortelano sin perro.
El ano de un perro que roza una hortensia.
La hortensia perfumada por el ano.
Cualquier boda donde abundan los anillos.
Las bodas donde siempre sobran los anillos.
Todos los anillos que esperan su boda.
La boa del anillo.
La boca de la boa que se traga a sí misma.
Esa boa
acabada de tragarse.
La presa que escapa del vientre de la boa
una vez que la boa se ha tragado.
El desamparo de la presa de la boa
fuera de su vientre.
Esa presa
que ahora es otra
amparada en el vientre de otra boa.
La historia
esa boa que no se reconoce.
El vidrio
a través del cual miramos la historia.
La historia que se ve desde cualquier vidrio.
El que rompe el vidrio y se lo traga la historia
y otra vez la historia de la boa.

Un sombrero que ha recorrido el mundo.
La cabeza del dueño del sombrero.
El dueño de la cabeza.
El que recorre el mundo sin cabeza.
El mundo que recorre cualquiera.
El mundo sin sombrero.
El sombrero sin mundo que recorrer
caído en cualquier cabeza.
La pluma que adorna un sombrero.
El pájaro que ha muerto para adornar sombreros.
La muerte
que adorna a todo pájaro.
La muerte que hace nido en la boca del sombrero.
La cerradura.
El ojo de la cerradura.
El ojo de la cerradura que es una boca.
La cárcel del ojo.
La reja de la cárcel del ojo.
El ojo que atrapa a su reja.
El óxido del ojo.
El óxido de la reja atrapada por su ojo.
La imagen del óxido atrapada en el ojo.

La soledad del oro.
El oro sin conquista.
La conquista que prueba la existencia del oro.
La prueba del conquistador.
El conquistador en su soledad de oro.
La selva del oro
que conquista al conquistador.
El oro enquistado en la cabeza de la conquista.
El oro del sol sobre la selva.
La selva sin oro que espera su conquistador.
El que acude al llamado de la selva.
El que acude al llamado del oro
que la selva lanza para conquistarlo.
El que perdido en la selva
no escucha su propia voz.
El que perdido en el oro es una selva llamándose.
El que perdido en las llamas es oro de la selva.
El llamado de sí: el fuego.
El que es oro de sí mismo.
Aquel que en el orín ve el oro.
Un loro en un árbol de una selva.
El árbol que sin loro está desnudo.
El grito del loro.
El grito que del loro escuchan las orejas.
Las orejas del loro.
El árbol de las orejas.
La cera de las orejas
que no es miel ni es oro.
La cera que horada las orejas.
La oración de la miel.
La abeja que zumba en las orejas.
El oro de la miel que es un zumbido en la boca.
La boca de la oreja.
La boca que se hace agua y se horada a sí misma.
La sed de la boca hecha agua.
El agua para la sed de la boca.
La gota que colmó el vaso.
El agua que al colmar el vaso es derramada.
El que pisa el agua y desata la tormenta.
La tormenta del vaso.
El vaso de Arquímedes colmado por su gota.
Arquímedes sin agua en su bañera.
Arquímedes sin bañera, sin vaso y sin agua.
El agua sin Arquímedes.

El arco que mide su flecha.
La flecha que se vuelve contra su propio arco.
El arco muerto por su propia flecha.
La muerte, esa flecha sin arco.
La parca.
La palabra parca.
La parca palabra que es la palabra flecha.
El arco de la palabra.
El arco de la palabra
que impulsa la palabra flecha y da en la muerte.
La flecha que da en el blanco.
El negro como blanco de la muerte.
El negro muerto por mano blanca.
La mano que blanqueó la muerte del negro.
La mano que escribió no ha muerto nadie.
La mano de nadie.
Nadie en la mano que escribió la muerte.
La mano negra.
La mano que se enciende al calor de otra mano.
Los dedos de la brasa.
Los dedos que se queman al tocar otra brasa.
La brasa del otro.
Aquel que crepita en otro fuego.
Los fuegos desiertos.
El que grita fuego en el desierto.
El que llama en el desierto.
El que cree que alguien lo llama en el desierto.
El que ha llamado y cree, a su vez,
que alguien le responde.
Responder en el desierto.
Responder desiertos cuando alguien llama.
Responder que no llamen más
en el desierto.
Responder a un llamado con una llama.
El fuego de la respuesta.
La respuesta del fuego.
Aquel que se inmola en la respuesta.

El vidrio por el que se mira.
El color del vidrio por el que se mira.
La mira de un vidrio roto.
Lo roto del color.
El calor que brota de un color roto.
El hilo que sujeta la rotura de un color.
El hilo de otro color que se rompe.
El hilo que ocupa la hendidura de una aguja.
El hilo que pugna por penetrar una aguja.
La pugna por penetrar.
La penetración como una pugna.
Un ojo penetrado por una aguja.
El hilo de sangre del ojo penetrado.
El color de la sangre que brota del ojo.
El vidrio del ojo hecho color.
El color del ojo por el que se mira.
El color de llorar.
La nube del ojo.
La nube que desata
tormenta eléctrica en el ojo.
La corriente del ojo.
La corriente que sale del ojo
y penetra en el aire.
El aire desplazado por la corriente.
La plaza del aire.
La música sorda que produce el aire desplazado.
La banda de plaza del aire.
El olor del aire cuando suena.
El sonido del olor del aire.
El aire que transporta el sonido de su olor.
El sonido transportado.
El sonido en carrito de aire.
El sonido
a la espera de algo más cómodo.
Algo más cómodo que sonar.
Un sillón sonoro.
El sonido de lo muelle.
La sordera del sillón, que sigue quieto.
La quietud del sillón.
La quietud del sonido.
El aire que no lleva
más que polvo mullido de sillón.
El aire sucio.
La suciedad de lo quieto.
El polvo quieto.
El polvo que suena en un solo lugar.
El sonido que suena en un solo lugar.
El sillón que escucha sonar un aire cerca.
La cercanía del aire que envuelve al sillón.
La suciedad de lo que envuelve.
El sonido de un cascabel
que no sabe que viene de una serpiente.
La serpiente que vuelve de su propio sonido.
La serpiente encantada por su propio cascabel.
La serpiente mordida por su sonido.
El perro que se muerde la cola.
El círculo envuelto en sus tangentes.
Y otra vez la historia de la boa.

El tiempo.
El tiempo, esos pasos de aire.
El tiempo que suena puntual.
El tiempo que se retrasa.
El que traza el tiempo.
El trazado de puentes.
Los puentes sin trazar que todos cruzan.
El agua bajo el puente sin trazar.
El agua sobre la que caminan
los que cruzan puentes sin trazar.
Los cristos ciudadanos.
La ciudad sin agua sobre la que caminar.
Los pasos en el agua.
Los pasos hundidos.
Los pasos ahogados.
Los ahogados por un pie.
Los ahogados que pierden pie en las ciudades sin agua.
Los ahogados perdidos en el agua del pie.
El puente del pie.
Las hormigas que cruzan bajo el puente del pie.
El puente de las hormigas.
El puente que las hormigas cruzan como agua.
El agua negra de las hormigas.
El agua que lleva hojitas a su madriguera.
La madriguera del agua.
La madriguera líquida
donde mueren ahogadas las hormigas.
Los ínfimos seres que devoran a las hormigas muertas.
El mar de los ínfimos seres devorados.
La oleada de calor de devorar.

Orar.
Orar devotamente.
Orar devotamente acalorado.
La devoción del calor.
El fuego de la devoción que devora.
La hoguera.
Las llamas que se llaman devoción.
Las llamas que devoran a los devotamente herejes.
La herejía del fuego.
El infierno en un bosque de obispos.
Los obispos de clorofila púrpura.
El oro que devotamente brilla en los obispos.
El fuego de los dedos.
El fuego circular de los dedos anulares.
El oro opaco en un dedo que brilla.
Un dedo quemado por un anillo de oro.
El oro de los dedos.
Los dedos que tocan el oro.
El oro penetrado por un dedo.
El oro innumerable.
El oro sin himen.
El himen que pierde el oro en los rodados.
El brillo de las bicicletas que llevan un himen.
El sudor de las ciclistas.
Esas gotas que brillan como el oro.
El himen horadado por el sudor.
El himen que suda como un negro.
El oro negro.

El sudor irisado del petróleo.
El aceite de piedra.
El silencio de la piedra que suda aceite.
La piedra virgen que pierde su petróleo.
La piedra que suda de vergüenza.
El color de la vergüenza en un negro.
El cristal con que se mira la vergüenza de un negro.
El cristal con que mira un negro.
Los anteojos negros.
El antifaz que no muestra los ojos.
Los ojos ciegos de antifaz.
El carnaval de los ciegos.
El juego del agua en el carnaval de los ciegos.
La carne de Nerval en los juegos del agua.
El agua que juega con los ciegos.
El agua que no sabe que un ciego no la ve.
El agua imprevista.
El agua reflejada en un anteojo negro.
El cristal con que el anteojo mira el agua.
Los ojos del anteojo.
Los anteojos de los que huye lo mirado.
La fuga de los ojos.
La mirada de los ciegos.
El ojo de los dedos.
Los dedos que tocan un ojo.
Un ojo penetrado por un dedo.
La boca que se hace agua
cuando un dedo penetra un ojo.

El animal que atesora sus huesos bajo tierra.
La tierra del animal
que se revuelca encima de sus propios huesos.
El revolcón que es tierra
que luego vuelve a reposar.
El reposo del animal que lo prepara
para el otro reposo.
Lo que está bajo tierra y no son huesos.
La vida bajo tierra.
Los muertos que pierden bajo tierra su máscara
por la acción de la vida bajo tierra.
La máscara de la vida.
La máscara de la tierra.
Los huesos de la máscara.
La cara del animal que depone otra vida en la tierra.
La deposición: esa muerte tibia.
El humo de la deposición.
El humo
que es otra máscara del aire.
La tibieza del aire enmascarado.
La máscara de la tibieza.
La fijeza que esconde toda máscara.
El fijador
que fija el humo al aire y nos da
la apariencia de una máscara.
El aire retratado.
El infinito retrato que es un espejo de aire.
Todo lo que el espejo airea.
Los trapitos al sol.
La ropa que el espejo cuelga de un alambre.
La ropa que vuela sin dejar el alambre.
El alambre que atrapa a la ropa en vuelo.
El vuelo del alambre.
La boca del alambre que muerde la ropa.
La ropa mordida.
Los dientes del vuelo.
La ropa que cuelga, yerta, de su alambre.
La sangre del agua que enjuagó la ropa.
La lágrima enjugada.
El llanto del dueño de la ropa.
El llanto de un dueño que se quedó sin ropa.
La desnudez de la ropa.
La muerte vestida.
El llanto que desnuda una muerte.
La misma muerte con lágrimas en los ojos.
Los ojos de la muerte.
La muerte de los ojos.

La muerte entendida como un faro.
La vida entendida como un océano.
El mar que muestra el faro.
El mar que no sabe que el faro lo muestra
y sigue siendo mar.
El mar sin máscara.
El faro, que no sabe que el mar no sabe,
y muestra siempre el mismo mar.
El color del cristal del faro.
La marea que marea al mar
que rompe contra el faro.
El faro borracho de tanto mar.
La borrachera del farero.
La borrachera del farero que alumbra en otro mar.
La traición del mar.
La traición del que va y viene
y no tiene rumbo fijo.
El ojo del farero.
El ojo del farero que traiciona su propio faro.
El farol en la casa del farero.
El farol en la casa de cualquiera.
Cualquiera que tenga un farol.
Cualquiera que se ufane de la luz de su farol.
La luz del que se ufana.
El afán de lucir.
El que se ufana de su luz.
El que ufano en su luz se da sentido.
La luz del sentido.
El principio del sentido.
El sentido entendido como un espejo.
El sentido entendido como un espejismo.
El espejismo del sentido
y otra vez la historia de la boa.


De Poemas sin libro, Ediciones en Danza, 2002

15.10.06

Caída de un bretel a mediodía

A Gabriela Franco

Amanece bajo un cielo de sombra.
Los pájaros saludan a la luz.
En los ojos inquietos
las nubes pasan
como carrozas de agua.

Tras la ventana duermen
ignorantes del día.
Amparados
en la horqueta del abrazo.

Cae su bretel
como la noche.
Su hombro de luna
embriagado de azul.

Pero, ¿cómo?
Si es mediodía y suspiran
sus párpados de humo.

Con los ojos cerrados
busca a tientas.
Hay una leve
incitación del aliento.

Es así.
Ningún detalle más,
ni otra cosa que pedir:
que llovizne sobre el vidrio,
que el agua cante
su música ciega.

Un juego: "haikuizar" poemas

Estos haikus nacieron de un juego: “haikuizar” un poema cualquiera. Se lee un poema, se extrae su “esencia” o su tema y se “haikuiza”. Aquí van algunos ejemplos: primero está el poema en el que me basé y luego el haiku que me inspiró.

Wang Nan Che
(Dinastía Song)

El esplendor de las montañas bordea por entero
el esplendor del agua.
El perfume de los lotos y de las castañas acuáticas
se extiende a diez mil lis y sube hasta la
balaustrada en que me apoyo.
Acariciado por el viento suave, bajo la clara luna,
¿cómo inquietarse por las cosas humanas?
Me entrego enteramente al aroma que viene del Sur
en alas de la fresca brisa.

El suave viento roza
las altas hierbas.
Susurro del corazón.


¡Oh, el aseo prolijo de mi choza! Todo está inmaculado,
no hay lugar para el musgo.
Los árboles en flor, por mi mano plantados, ya forman avenida.
Hay un río que protege mis campos y acrece su frescura.
Dos colinas se alzan como pórticos y parecen marcar
el camino hacia el verde follaje.

Los árboles plantados
forman camino.
Mis ojos son el río.


Sia Ching
(República)

El sol ya recogió todas sus sombras,
el aire contiene su aliento.
El sueño marca las verdes pupilas del gato
con su oro nocturno.

Sueñan profundamente todos; el mundo
se sumerge en un reposo virgen.
Al fin la laboriosa abeja apaga su zumbido
y se retira a descansar en el corazón de una rosa.

La noche está cerrada.
Ya todos duermen
en su negro silencio.


Mao Tse Tung (1893-1976)

Año Nuevo
(Enero de 1930)

Yu Joa, Chin Liu, Kuei Joa;
lugares que atraviesa un estrecho sendero, entre frondosos bosques, resbaladizos musgos.
Desde allá, adonde vamos hoy,
la mirada domina la montaña Yu Yi;
en la cima del monte, en lo hondo del valle,
el viento desenrolla la bandera como si fuera una pintura.

Por estrecho sendero
vamos andando.
El viento es mi bandera.


Cheu Pan Yen, China
Dinastía Song

Cuchillos que recuerdan el agua.
Sal blanca que parece nieve.
Ella, con sus afilados dedos, desgaja otra naranja.
Ya comienza a estar tibia la alcoba de brocado,
y se aspira insistente el perfume de almizcle.
Sentada frente a mí, toca el laúd...
Me pregunta en voz queda:
¿Dónde vas esta noche?
Ya la tercera alerta dieron en la muralla.
Resbalará el caballo sobre la blanca helada...
¿No sería mejor que te quedaras?
¡La calle está tan sola!

Ya comienza a estar tibia
la cama blanca.
Cuchillos en el agua.

14.10.06

Algunos poemas

Agua bebida
A Irene Gruss

No sé hablar.
Me despierto alejado.
Trastabillo en mis pasos.

Inadecuado espejo de lo que podría
soy los que soy:
no me reparto.

Hasta aquí llegan luces
de horizontes oscuros.
Letanías de lobos.
Aullidos de luna llena.

Por aquí pasó alguien
a mojarme los ojos.

Pero no sé decirlo.

Dentro de mí hay un agua,
un silencio de campana.


El jardinero

I
Bebe sin número.
Cree que ha dejado atrás una jornada.
Pero el alba tarda.
Y el cielo.
Desde sus ojos,
dos magníficas luciérnagas nocturnas
combaten. Bebe,
su corazón a la intemperie.
Huye de su viento
como un enamorado.
Detrás
del vidrio infatigable
bebe sin número. Cree
que ha dejado atrás una jornada.


II
Una canasta con frutas
sobre dos sedas italianas.
Quiere decir...
La fruta brilla
con laborioso lustre.
El estampado de las telas
es de un fulgor apagado.
Ríen
afuera y beben.
Alguien ha dejado abierto un grifo
para que huela a tierra
mojada.


La raya muerta
A Raúl Mileo

En su ademán inmóvil suspendida,
aparición en el alud de espuma,
esperando ya no,
desesperada,
la raya muerta.

Encadenada a su espejo de arena
como los astros a su elipse, quieta,
cielo de bocas entreabiertas,
la raya muerta.

Muerta sin fin, sin alas, ciega.
Pájaro de tierra.
El mar la cubre y la descubre. Juega
con esa niña sin muñecas.

Para la luz del sol.
Para una catedral de luz desierta.
Para la vida sin la vida. Huella.
Vuelo de hondura de la raya muerta.
Raya no de diálogo.
De fin.
Página suelta.

Rumor de mar.
Amores en América
desaparecen de su puerta.
Brilla el frío solar y apaga el cielo.
Abre los ojos la raya muerta.

No raya de pasión.
No de quimera.
Ni de alegría ni de esperma.
Virtud del agua que en el agua queda.

A su salud postrera,
el ojo del crepúsculo se incendia.

Raya sin alas.
Pájaro de guerra.
Murió de un pescador que vive en pena.
En el fondo del mar
la vida late.
Pero es del aire lo que vuela.


Nocturno

El cielo está armado.
La tierra está armada.
El fuego.
El agua viva.
Aquí está tu coraza.
Mi espalda de timbales.
Aquí la noche líquida
incandescente
oscura.
Aquí mi corazón:
en la batalla.
Y tú
como mi suerte
estás echada.


Santa Tecla amansa a las fieras

Ya que sin ver lo transparente
he navegado hacia el poniente
y sin saber
lo que la vida me tiene deparado,
no me resigno a este silente
mar, entre todos, aparente
que sin querer
el corazón me ha destrozado.

Hay en el mundo un adecuado
ritmo abundante y depurado
que sin volver
nos abre el cielo del poniente,
y un parloteo anonadado
de loro terco y caminado
y sin haber
no hay alegría suficiente.

No pido nada que frecuente
cola de diablo en su tridente
y sin temer
ningún dolor de castigado,
pido tan sólo hincar el diente
en el sinuoso fruto ardiente
que sin morder
será tesoro inacabado.

Estos cinco poemas pertenecen a la obra Poemas sin libro, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2002.


Las moscas

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
ahuyenta –sin amor
pero no sin trabajo–
una mosca tenaz.
El insecto es religioso en su fastidio.
Como si orara,
como si el orbe levantara entre las alas,
se esfuerza en el zumbido
por imitar a la abeja.
Pero nadie esperaría de ese vientre negro
–a pesar del ojo verde o bordó–
la dorada descendencia de la miel.

El sin amor o el sin trabajo la mira
describir una órbita aleatoria
tomando su cabeza como sol.
Bebe
de a sorbos
todo el vuelo.

“Amor y trabajo
–piensa entre tragos–,
no alcohol y tabaco.”


Con la vista en el horizonte

El sin trabajo se quedó sin luz:
se lo tragó la verdad.
Ni acomodarse pudo: vacío
como silueta forense.

¿Por qué esperar del mundo una respuesta?
¿Qué sabe de uno la noche?
No hay fuera de las manos una acción.

Sólo lo inmóvil persevera:
lo demás es del viento.


Esto no es un fantasma

El que está sin trabajo
cuelga de un perchero.
Su cotidiano deshacerse,
su ser nadie más que ropa
expuestos como un cuadro.
“Esto no es un perchero”,
habría dicho Magritte
si no fuera una momia,
una nada hecha de polvo y misterio.
Pero qué puede decir el sin trabajo
si desaparece de su ropa,
si no es nadie en el amor del mundo.

Con la punta de los dedos
aferra el puño de la camisa holgada.
Siente en la yema los hilos
de la tela raída.
Y vuelve a colgar de su perchero
como la momia de Magritte.


San Cayetano

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.

Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.

Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.

Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.

Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.

Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.


En la ruta

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.


Estos cinco poemas pertenecen a Poemas del sin trabajo, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2007.

El poeta, ¿un excluido?

Este texto fue escrito para una mesa redonda cuyo tema era el del título, que se llevó a cabo en el primer Festival Internacional de Poesía desarrollado en la Feria del Libro de 2006.

Lo que por un lado es vacío –lo que escribo se aleja en ese momento de mí–, por el otro es plenitud: nombrando al mundo me completo. Lo que es oscuro y me pierde, laberinto de mí, se vuelve luminoso y claro, espacio abierto. Generación de la mudanza, lucidez del instante, secreción visceral de la conciencia, grito ensimismado, apocalíptica visión del paraíso, cactus, desierto, inundación, potencia, fracaso de la inercia, tormenta en reposo, sexo de los dioses, pájaro del deseo.
La poesía es concentración, y en ella las cosas se manifiestan como extractos, se expresan como agujeros negros de sentido. La melodía verbal se ajusta en ritmos que combinan frases y silencios y que, en algunos casos, producen la armonía de versos simultáneos. De todos modos, los armónicos de ciertas palabras resuenan en la cámara natural del silencio poético, pueblan los coros del vacío.
La belleza que ofrece la poesía es una belleza íntima, porque la poesía nos hace bellos y, en ese trance, nos vuelve dioses de nosotros mismos. Pero en esa operación en la que participamos todos, como poetas o como lectores, la poesía nos hace universales, nos convierte en universo.
Es por eso que, entre todas las cosas, la poesía une mis fragmentos, me establece en la categoría de lo humano, de lo que es capaz de amar. Ante la poesía quedo perplejo: me obliga a mirarla de frente, me impide mentir; soy los que soy sin ambages. Me une y, por tanto, me libera: me pone dentro de mí. Al volverme humano, me desaliena, me corta la retirada, me ubica en la tierra, me da realidad. Por eso también me eleva en un único cuerpo con los que luchan, me solidariza con los trabajadores, porque soy uno de ellos, me da el coraje de sentir que soy muchos, y de combatir con todos ellos por otro mundo que –no tengo dudas– está en este.
La poesía es revolucionaria porque violenta el lenguaje, lo mueve, lo deshace, y luego salta hacia el abismo entre los escombros. La poesía es la paria de la literatura, porque no tiene nada que perder, y ha ganado mordiendo lo que de santo tienen nuestras letras. La poesía está excluida porque la poesía es excluyente, y no puede ser de otro modo en un sistema que solamente será poético en sus ruinas.
Parece un contrasentido sentirse excluido en una sociedad en la que la mayoría de la gente está excluida; es por lo menos una contradicción estar excluido en la mayoría.
Si la mitad de la población de este país no ha leído un libro en los últimos seis meses, cabría preguntarse cuántos de esa mitad han comido todos los días. Si una gran cantidad de gente en este país carece de agua y vive a la intemperie, el poeta solamente podrá hablar de sed y de frío.
Hoy en la Argentina la cultura está vedada a millones de personas que, lejos del placer de la lectura, ni siquiera obtiene el de un plato caliente. Las relaciones sociales de la sociedad capitalista han llegado a tal punto de descomposición que los trabajadores ni siquiera pueden hacer lo mínimo que requiere la subsistencia: vender su fuerza de trabajo por un salario de hambre.
Pero, no obstante esta tragedia, esta glorificación de la miseria humana que es el capitalismo, los que sienten el estilete de la poesía en la garganta continúan dándonos una de las pocas cosas por las cuales nuestra especie puede sentirse orgullosa: las obras del lenguaje humano.
Desde el siglo IV a. C., en que Platón nos echó de su República, los poetas vagamos sin rumbo, y en el siglo XXI nos echan los diarios de sus suplementos literarios, las editoriales de sus catálogos y los funcionarios de sus programas culturales. La poesía ya no es necesaria, porque el capitalismo produce analfabetos.
El poeta es un excluido porque la poesía es exigente, y los defensores de estas relaciones sociales quieren conformismo, lobotomía, anestesia.
El poeta es un excluido porque es un explotado y, como todos los explotados de este país, no vive de lo que crea.
Los capitalistas excluyen a los trabajadores del goce de las mercancías que estos producen, cuando no los privan del pan, del techo y del abrigo y los incluyen en la larga fila de los desocupados, esa lista negra de la exclusión. Si los trabajadores osan levantar la voz de los piquetes, elevar el puño de la huelga, los capitalistas responden con el silencio de las cárceles y el petróleo de las gendarmerías.
El poeta es un excluido porque la mayoría de este país está excluida. El capitalismo es ya incapaz de alimentar y dar cobijo a sus modernos esclavos, y el poeta canta la desdicha, porque es uno de ellos. Pero los obreros se levantan y luchan por su salario, por su derecho a la protesta, y en esa lucha se alzan contra las armas de sus verdugos, por un mundo donde un ademán no cueste la vida, donde no haya explotadores ni explotados. Y el poeta canta entonces la rebelión, y festeja la libertad de su dicha.
Íntima religión, la poesía es cosmos revelado; anatomía del instinto, es una ética que se hace al andar. Con la poesía desaliento el olvido, diluyo el silencio, habito el universo, invento el amor.

11.10.06