14.10.06

Algunos poemas





Agua bebida
A Irene Gruss

No sé hablar.
Me despierto alejado.
Trastabillo en mis pasos.

Inadecuado espejo de lo que podría
soy los que soy:
no me reparto.

Hasta aquí llegan luces
de horizontes oscuros.
Letanías de lobos.
Aullidos de luna llena.

Por aquí pasó alguien
a mojarme los ojos.

Pero no sé decirlo.

Dentro de mí hay un agua,
un silencio de campana.


El jardinero

I
Bebe sin número.
Cree que ha dejado atrás una jornada.
Pero el alba tarda.
Y el cielo.
Desde sus ojos,
dos magníficas luciérnagas nocturnas
combaten. Bebe,
su corazón a la intemperie.
Huye de su viento
como un enamorado.
Detrás
del vidrio infatigable
bebe sin número. Cree
que ha dejado atrás una jornada.


II
Una canasta con frutas
sobre dos sedas italianas.
Quiere decir...
La fruta brilla
con laborioso lustre.
El estampado de las telas
es de un fulgor apagado.
Ríen
afuera y beben.
Alguien ha dejado abierto un grifo
para que huela a tierra
mojada.


La raya muerta
A Raúl Mileo

En su ademán inmóvil suspendida,
aparición en el alud de espuma,
esperando ya no,
desesperada,
la raya muerta.

Encadenada a su espejo de arena
como los astros a su elipse, quieta,
cielo de bocas entreabiertas,
la raya muerta.

Muerta sin fin, sin alas, ciega.
Pájaro de tierra.
El mar la cubre y la descubre. Juega
con esa niña sin muñecas.

Para la luz del sol.
Para una catedral de luz desierta.
Para la vida sin la vida. Huella.
Vuelo de hondura de la raya muerta.
Raya no de diálogo.
De fin.
Página suelta.

Rumor de mar.
Amores en América
desaparecen de su puerta.
Brilla el frío solar y apaga el cielo.
Abre los ojos la raya muerta.

No raya de pasión.
No de quimera.
Ni de alegría ni de esperma.
Virtud del agua que en el agua queda.

A su salud postrera,
el ojo del crepúsculo se incendia.

Raya sin alas.
Pájaro de guerra.
Murió de un pescador que vive en pena.
En el fondo del mar
la vida late.
Pero es del aire lo que vuela.


Nocturno

El cielo está armado.
La tierra está armada.
El fuego.
El agua viva.
Aquí está tu coraza.
Mi espalda de timbales.
Aquí la noche líquida
incandescente
oscura.
Aquí mi corazón:
en la batalla.
Y tú
como mi suerte
estás echada.


Santa Tecla amansa a las fieras

Ya que sin ver lo transparente
he navegado hacia el poniente
y sin saber
lo que la vida me tiene deparado,
no me resigno a este silente
mar, entre todos, aparente
que sin querer
el corazón me ha destrozado.

Hay en el mundo un adecuado
ritmo abundante y depurado
que sin volver
nos abre el cielo del poniente,
y un parloteo anonadado
de loro terco y caminado
y sin haber
no hay alegría suficiente.

No pido nada que frecuente
cola de diablo en su tridente
y sin temer
ningún dolor de castigado,
pido tan sólo hincar el diente
en el sinuoso fruto ardiente
que sin morder
será tesoro inacabado.

Estos cinco poemas pertenecen a la obra Poemas sin libro, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2002.


Las moscas

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
ahuyenta –sin amor
pero no sin trabajo–
una mosca tenaz.
El insecto es religioso en su fastidio.
Como si orara,
como si el orbe levantara entre las alas,
se esfuerza en el zumbido
por imitar a la abeja.
Pero nadie esperaría de ese vientre negro
–a pesar del ojo verde o bordó–
la dorada descendencia de la miel.

El sin amor o el sin trabajo la mira
describir una órbita aleatoria
tomando su cabeza como sol.
Bebe
de a sorbos
todo el vuelo.

“Amor y trabajo
–piensa entre tragos–,
no alcohol y tabaco.”


Con la vista en el horizonte

El sin trabajo se quedó sin luz:
se lo tragó la verdad.
Ni acomodarse pudo: vacío
como silueta forense.

¿Por qué esperar del mundo una respuesta?
¿Qué sabe de uno la noche?
No hay fuera de las manos una acción.

Sólo lo inmóvil persevera:
lo demás es del viento.


Esto no es un fantasma

El que está sin trabajo
cuelga de un perchero.
Su cotidiano deshacerse,
su ser nadie más que ropa
expuestos como un cuadro.
“Esto no es un perchero”,
habría dicho Magritte
si no fuera una momia,
una nada hecha de polvo y misterio.
Pero qué puede decir el sin trabajo
si desaparece de su ropa,
si no es nadie en el amor del mundo.

Con la punta de los dedos
aferra el puño de la camisa holgada.
Siente en la yema los hilos
de la tela raída.
Y vuelve a colgar de su perchero
como la momia de Magritte.


San Cayetano

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.

Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.

Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.

Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.

Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.

Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.


En la ruta

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.


Estos cinco poemas pertenecen a Poemas del sin trabajo, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2007.